miércoles, 5 de octubre de 2011

La niña duende

Mi patio siempre estuvo habitado por diferentes animales ambulantes, de especies medias mutantes por así decirlo; que convivían de forma pacifica sacando las distancias e instintos propios de cada uno de ellos. Todos los días los alimentaba, jugaba un rato, los hacía sentir felices a pesar de su encierro voluntario, puesto que el fondo de mi hogar daba hacia el río que se escondía atrás de un pequeño cerco y unos árboles, por lo que podían entrar y salir cuando quisiesen. Cada temporada iba mostrando cuales se iban y sus reemplazos, pocos quedaban mucho tiempo; a demás, si bien quiero a esos bichos raros, no parece agradarles la idea de estancarse. Para ese fin tenía la pequeña cerca al fondo, cualquiera que se quisiera quedar, tenía solo que sorprenderme saltando esa cerca.

Así, luego de años, había visto yo casi cualquier espécimen de la selva de cemento, la fauna local, aves migratorias, diversas mutaciones genéticas, muchas ratas, en peligro de extinción o superpoblando el lugar; todos, o casi todos, hicieron presencia en mi casa. Con el tiempo, parecía que no había ningún animal nuevo que conocer, que debería migrar a otros horizontes (como me habían contado las aves que paraban de vez en cuando) para poder eliminar el aburrimiento que me generaba el patio, cambiante, pero con la misma fauna de siempre.

Un día de lluvia, apresuradamente, saqué a todo ser vivo que se interpuso en mi camino esperando que así se renueve la vida en mi patio, harto estaba de los mismos chillidos, ladridos, voces brutales, idiomas extraños, etc. No funciono, al pasar los días, solo se habían vuelto a ver a los mutantes, me ofusqué un poco, pero siendo los que mejor me caían fue como una depuración. Una tarde, mientras compartía historias con algunas de esas maravillas evolutivas, observé a una niña duende jugar entre las paredes de la cerca, me llamo la atención, no por su belleza, sino por su gracia y cuando se percato que la miraba, escapó. Pasaron los días, y esa luz que dejaba prendida por las noches por si aparecía, resultaba obsoleta; la oscuridad inundaba hasta las tardes que pasaba con los mutantes. Pensaba que era como esas aves pasajeras, que anidaban para mostrase y luego partían buscando mejores climas, o mejor comida. Un día volvió, sin esperarlo, pero nuevamente una visita precoz, un hasta luego y a la dulce espera. Una y otra vez conforme iban pasando las semanas, y meses, intercalaba pequeñas horas en compañía de la linda criatura y días de ausencia desmedida.

Si bien, mi primera impresión nunca fue refutada, lo que mostraba la duendecilla era diferente a cualquier otra especie que haya pisado mi patio. Cuando aparecía entregaba su magia a cuentagotas, ocultaba sus ojos rojos, y me hacía sentir que el patio era un lugar pequeño hasta para mi solo, me animaba a salir en busca de aventuras que a veces compartíamos, para luego jugar a las escondidas de vuelta. Podía pasar tardes enteras jugando en las paredes de la cerca, eso me pareció lo mejor; mi interés por la niña duende crecía con cada desafínate salto sobre el vallado, parecía indicarme que quería ocupar ese lugar, pero no; entraba y salía de el como quería, eso me apegaba y me separaba de ella dejándome inestable, confundido. Pasar de la alegría de despertar y ver sus ojos rojos y su sonrisa tímida, a seguir esperando en la ventana que se de una vuelta no estaba siendo bueno para mi, como un vicio que hace sentir su abstinencia. Una vez mas, apresuradamente, eché a toda la fauna de mi patio para renovar la vida, ahora no era monotonía el causante. La confusión en la que me encontraba nunca me soltó, me ataba a una eterna desconfianza sobre la niña duende, quizás acerté, o al contrario la duda hubiese sido mi ceguera; en cualquiera de los dos casos, desapareció de vuelta. Aún sigo esperando en mi ventana sin rastro de esa duendecilla, esperando más pequeñas horas de magia y ensueño que terminen con la sombra que pongo sobre su rostro.

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