Bastaba solamente que rozara sus dedos interminables sobre alguna de las personas mas queridas para el, y esta se resquebrajaba. Se quebraba como el cristal que había caído sobre sus pies el día que acarició, besó, abrazó apasionadamente; mientras observaba, con sus ojos tristes, brillantes y oscuros, la figura resquebrajante de su amada.
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