Cuando la tinta mancha el papel, caen en cataratas ostentosas, recuerdos como bichos en un parabrisas. Testimonios, anhelos, viajes sin destinos fijos en que la suerte y la procesión marcaban las cartas del juego arreglado. Espejo roto, rasgando imágenes difusas de algo parecido a mí. Sabanas frías y vacías de abrazos, claustrofóbico en medio de tanto vació.
Compañías agridulces interrumpen el lapsus de mi mente divagante, la botella rota de tanto sarcasmo ajeno. Tus pupilas distantes y el aroma faltante vuelven como violentos fantasmas, dispuestos a llevarme al primer callejón, al primer bar, a la primer calle sin salida.
Mañanas deseando que no termine más, noches deseando olvidar el lugar y la ocasión. Las calles se contraen y se encierra todo el contacto exterior a una voz distante y disonante. Rompen el hielo en un coktail de miserias y errores propios que el primer disparo no pudo clamar.
Entre vaso, mozo, tristeza, vaso, mozo, tristeza y mozo; las penas flotan ya que son menos densas que el alcohol.
La noche se define por penales y ciego, debo tapar mi arco a una nueva derrota. Una fugaz melodía, una fecha en un almanaque, cosas que me debilitan, distraen y confunden. Otra vez, no ví por donde pasaba la pelota. Otra vez la noche me dejo a sus pies, tirado, borracho y sin destino.
La mañana llega y las penas vuelven. Abro los ojos en mi cama mientras las cosas retoman sus formas normales.
Ya no reconozco a la persona que me observa desde el espejo.
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