El obispo saludaba a su mejor seminarista, sabía que próximamente sería el cura de la pobre iglesia que habitaba, a la cual, como casi todas las casas del lugar, la pobreza afectaba su construcción, su mantenimiento. Sencillamente Miguel Ángel era el mejor, había llegado al seminario destruido moralmente, abandonado, huérfano, y con una culpa que castigaba y sangraba cada día en su espalda mientras oraba, pero el arrepentimiento y la penitencia que llevó esos años, lo convirtieron en el ejemplo de pastor que la Iglesia en esa época necesitaba. Próximamente serás el cura del pueblo, espero que tu alma se regocije tanto como la mía – Comentó el obispo palmeándole el hombro frente al viejo altar en ruinas. Miguel Ángel solo respondió con una extraña sonrisa.
Patricio llegó caminando hasta la rotonda que se formaba en el cruce de dos calles de tierra, y esperó. Al frente, un campo con girasoles se extendía, según su cálculo, unos 1000 metros, mas allá se veían unos cuantos árboles. A su izquierda, una tapera, algo destruida, el camino encorvaba hacía un costado donde se extendían un par de casas precarias, de chapa, palets, y lona. A la derecha, una casa en ruinas en la esquina, seguida de otra en mismas condiciones, hacia el lado por donde llegó, un almacén y una iglesia. Medio putrefacto miro el estado de todas las construcciones a su alrededor, las ventanas sino carecían de vidrios, sencillamente no tenían; puertas… ¡JA!... inexistentes; techos, solo algunas partes. La única casa con la totalidad de elementos para ser habitable, era la tapera abandonada que se encontraba en la esquina frente
a la rotonda, todo lo habitado era, o precario, o estaba un estado de ruinas. Bajo este panorama casi perfecto, casi desolador, el mediodía saludaba a la tarde con un afecto que ardía a cuarenta grados en la sombra, mientras una mujer de cabellos oscuros, y voluptuosidad cuidadosamente exagerada, salía del almacén al encuentro con Patricio.
- Esto parece un desierto, ¿Qué traes? Mi nombre es Amalia, soy quien registra todas las transacciones comerciales entre las fronteras y las islas.
Al oír esto Patricio no entendió, pero observando a su alrededor, las calles de tierra se transformaron mágicamente en arroyos manteniendo el cause que marcaban los caminos anteriores.
-Solo estoy de paso, viajo sin rumbo fijo. Mi nombre es Patricio.
-Bueno Patricio, acá mucho no vas a encontrar, pero ponete cómodo, la gente es bastante amigable y hospitalaria, si necesitas algo, buscáme en el almacén. Ah, me olvidaba, tengo un presentimiento, de que como todo viajero que llega arrastrado por la corriente, vendrás a hacer justicia, aunque aparente este pueblo paz y tranquilidad. Espero que sea así.
Terminando sus palabras giró y se dirigió al mercado, no hacía falta botes para cruzar esa agua. Patricio miró la tapera, y su curiosidad lo llevó a investigarla.
Al cruzar la calle-río notó que un lugareño paseaba por el césped al lado de la tapera. Llegando hacia el anciano, comenzó a sopla un viento fuerte que inmediatamente destruyó las precarias casas que estaban cerca de la curva.
- Hay que ayudarlos – gritó señalando los restos de los chaperíos.
-Eso quieren todos, pero mirá que rápido se recuperan – dijo el viejo, y automáticamente, como hormigas, unas veinte personas reconstruyeron las casas en un abrir y cerrar de ojos.
-Bueno, supongo que no puedo hacer mucho. Creo que como zona fronteriza podré conseguir algunos productos a precios baratos.
- Seguro, busca las cosas que quieras, después hablá con Amalia, ella maneja todo acá.
En el piso, que como toda costa era invadida por un poco de agua en la orilla que tapaba el pié hasta el tobillo, se encontraban en exhibición varios objetos de los cuales, el único que llamó su atención fue un viejo rifle Winchester modelo 1895, siempre le gustaron las armas viejas, de colección. Lo tomó, probó su funcionalidad y se sorpredió de que estuviera en perfectas condiciones.
-Quiero éste – comentó Patricio al anciano.
-Te recomiendo este – dijo el viejo mostrando un moderno rifle francotirador.
-No, prefiero el que tengo acá, es una reliquia.
-Como quieras, sabés con quien hablar.
Cruzó el río en dirección al almacén, Amalia estaba saliendo, vestida con un vestido que denotaba la sensualidad de su cuerpo, y una peluca rubia, pero siendo tan excitante como la primera vez que la vio.
- ¿Cuánto por este rifle?
- No esta a la venta.
- Insisto, pagaré lo que sea necesario, realmente estoy interesado.
- Ese rifle – En su tono se notaba que alguna carga emocional llevaba consigo el rifle, o un recuerdo de el – Era de mi marido – Caminaban hacia la casa en ruinas de la esquina – Un militar que murió en la Guerra de Malvinas – Amalia observaba como comenzaron a aparecer en su cabeza escenas de su vida matrimonial como ve un borracho las luces de una autopista, la primera, una cena que termino con siete puntos en su cabeza por un injusto plato volador – Era su rifle favorito – Mientras Amalia recordaba como la violó en unas vacaciones en Mar del Plata, casi ahogándola, y golpeando su cabeza contra la arena, llegaron a una esquina de la casa en ruinas, el la tomó de la cintura mirándola a los ojos – Fue una herencia que le dejo su abuelo – Otro golpe en la memoria de la Mujer mientras Patricio besaba el cuello, ella resistía – Es una de las pocas cosas que me quedan de el – Patricio besaba sus pechos – No se si me hace bien seguir recordándolo – Suavemente el levantó el vestido – Vos sabés lo que querés – Patricio la penetró. hicieron el amor por cada rincón de la casa en ruinas terminando en una cama al fondo de esta.
Se despertó una hora mas tarde, miró el cuerpo de Amalia era muy sensual en su exagerada carne, pero delicada en su disposición. Ella todavía dormía, le besó el cuello y no despertó, se vistió y salió por el espacio que dejaba libre en la pared una ventana que no estaba. Miró el pasillo y sintió curiosidad, al fondo veía una tumba.
Caminó unos treinta metros y al frente de la tumba, Patricio se mareó, giró hacia la derecha viendo las catacumbas de la vieja iglesia, varios nichos y placas de mármol cubrían las paredes, atrás de una pequeña grieta se veía el Altar donde estaba un seminarista orando frente al altar, al frente una puerta semiabierta que mostraba los bancos y la entrada principal, se dió cuenta que la construcción tenía forma de ele. Como un fotógrafo invisible que lo cegaba con sus flashes, aparecían los fantasmas de las personas enterradas en ese lugar, podía oírlas diciendo, Miguel Ángel me mató, Miguel Ángel me usó para recibirse de cura, Miguel Ángel era mi amigo, Miguel Ángel me dejo morir; entre tanto caminaba tambaleándose hasta la puerta utilizando de bastón
el rifle.
Cruzó la puerta, dio unos pasos mirando al Seminarista en el altar, frente a la cruz de mármol tallado, pensó que debía tener dos siglos de antigüedad. Un golpe furioso y un tipo metiendose por la entrada principal de la Iglesia le dieron el instinto para arrojarse a un costado, entre los bancos de madera, un hombre corría en dirección a Miguel Ángel con una horquilla de cuatro puntas en las manos. El seminarista giró interrumpiendo su oración, arrojó una biblia que hizo tropezar al agresor y clavó su arma en el medio del pecho dejándolo moribundo. Miguel Ángel tomó la herramienta agrícola, la insertó en cuello del tipo que murió al instante.
Patricio recordaba las palabras de Amelia “Los viajeros hacen justicia en este pueblo”,”vos sabés lo que querés”, empuñó el rifle y mató al futuro cura. Salió y el río volvió a convertirse en camino de tierra, no se encontraba nadie en el pueblo, pero parecía haber alegría en el ambiente, caminó hasta la rotonda y lo interceptó una camioneta.
-¿Querés que te lleve? – Dijo el conductor
-Aquí ya no me queda nada mas por hacer – sonrió y observó el almacén, esperando volver a ver el cuerpo de Amelia. No lo extrañaría, pero recodaría para siempre esas enseñanzas.
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