lunes, 12 de diciembre de 2011

Habitantes de la Plaza Tomada (Fragmento de “La Casa de los Espejos”)

Ubicada a un par de cuadras del centro, del lado opuesto al Coliseo, estaba la Plaza Tomada, lugar donde los artistas y científicos encontraron los pilares de sus mejores obras entre la naturaleza y los resfríos. Contaba con grandes canteros, una fuente de agua que rebosaba siempre del relajante líquido para que los aventureros sedientos pudieran refrescar su sed y alma; también a los costados, varios árboles, y glorietas con flores. Pero como a toda belleza, el paso del tiempo cambió su apariencia y esencia. Con el correr de los años pasó de ser inspiradora a hogar de vagabundos y bichos que la usurpaban quitándole la magia, impregnado los vicios en cada parte desnuda a la pintura, expulsando a los artistas y científicos, cazándolos y usándolos en fantasías lisérgicas que consideraban realidad.
Siendo un mero cronista de mis viajes, encontré en esta plaza a dos extraños seres, y solo me remontaré a relatar su crecimiento y ocaso: Jef, era un conejo de criadero muy preocupado por afirmar que cumplía las funciones básicas de la vida (comer, cagar, coger y esperar a la muerte) y vendía flores para comprar maquillaje barato. Junto con el estaba Al, un grillo violinista que vivía encerrado en una caja de fósforos que cada tanto se quemaba. Ambos vagabundeaban constantemente por la plaza, entre cumbias y delirios, planeando cazar una mariposa para reírse de ella, cortarle las alas y dejarla a la deriva, para eso se empolvaban la cara y tejían los hilos de una trampa que dejaría al insecto en sus manos.
Cierto día, entre las nubes y el calor que advierten la tormenta en estas latitudes, se cruzaron con lo que tanto esperaban, una oruga en proceso de transformación. Pensaron que cuando rompiera su pupa, encontrarían la mariposa que tanto deseaban. Mientras se maquillaban y salían a mostrar sus poderes con la gente, estrangulaban sus ideas para el momento final como un adolescente imaginando a una diva mientras se masturba. Antes de que la pupa se rompiera, en un descuido Al tropieza (por culpa de la mente envenenada de Jef) y se rompe la nariz, con tanta mala suerte que la sangre le lleno los pulmones y murió, no sin sufrir lo justo y necesario.
Quedando solo Jef para alimentar sus fantasías, reunió a todos los habitantes de la plaza el día que se rompió lentamente la pupa, aparecieron el duende negro, yo que estaba preparando brebajes en un costado, el fantasma de Al con su reflejo femenino, y varios pescados aduladores a cambio de un poco de maquillaje. Observaron por una hora el proceso, como se movía, como se rasgaba de a poco el envoltorio natural, y la impaciencia de Jef (se notaba en la baba que despedía a borbotones), hacía que moviese su pie marcando un ritmo exageradamente veloz para sus capacidades biológicas.
La sorpresa recayó en todos nosotros cuando de la pupa salió un cuervo que instantáneamente abrió sus alas, miró amenazante a todos los espectadores y repentinamente, voló directo al cuerpo de Jef. El conejo quiso dar un salto, pero el ave lo tumbó de espaldas, comió sus ojos y la lengua, sus compañeros huyeron al ver el sangriento espectáculo, puesto que no contento con haber desayunado el globo ocular, siguió con sus manos y pies, parecía que no quería matarlo, sino que quedara inútil de por vida. El cuervo se saco las pulgas en una muestra de tranquilidad jamás vista, me miró a los ojos, yo estaba tirado cerca de un árbol, aterrorizado, inmóvil del pánico, pero con una extraña paz, sabía que en el mundo de los animales, ajenos a las leyes humanas, eso debería ser la justicia divina de la que tanto mienten los corderos. Nos fijamos la vista un tiempo, mi ansiedad se calmó un poco, y pareció entender que yo no lo juzgaría, abrió sus alas como pidiendo que lo admirara, y realmente, no había tenido tiempo de observar al precioso espécimen que estaba delante mio, desfiló un poco y entre los gruñidos afónicos del conejo voló.

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